El Senado de Estados Unidos avanza en la votación de la Kids Online Safety Act (KOSA), una ley que, bajo la bandera de proteger a los menores en internet, introduciría requisitos masivos de verificación de edad y generaría nuevas bases de datos sensibles susceptibles de filtraciones y abusos. La Electronic Frontier Foundation advierte que el proyecto no refuerza la privacidad, sino que crea riesgos inéditos para todos los usuarios, sin importar su edad. El debate resuena con fuerza en América Latina, donde varios países también discuten marcos para regular el acceso de menores a plataformas digitales.
Una “duty of care” con un costo oculto
El núcleo de KOSA es la imposición de un “deber de cuidado” a los servicios en línea —redes sociales incluidas— para evitar que los menores accedan a contenidos que la ley considera dañinos. El problema estructural es evidente: para cumplir esa obligación, las plataformas necesitan saber cuáles de sus usuarios son menores de edad. Y para saberlo, deben verificarlo. Eso implica recolectar credenciales de identidad, realizar análisis faciales, cruzar registros bancarios u obtener otro tipo de información personal sensible que, hasta hoy, no era condición de acceso a servicios digitales legítimos.
El resultado práctico no es una internet más segura para los niños, sino una internet donde todos los usuarios —adultos incluidos— deben identificarse antes de leer, hablar o participar en espacios públicos digitales. Cada sistema de verificación de edad construye una nueva base de datos centralizada que puede ser vulnerada, mal utilizada o exigida por gobiernos con agendas muy distintas a la protección infantil. La EFF señala que estas arquitecturas de identificación obligatoria representan un riesgo sistémico de privacidad que afecta a la totalidad de la población conectada.
Censura algorítmica disfrazada de protección
Más allá de la verificación de edad, KOSA delega en los fiscales generales de cada estado la facultad de determinar qué contenidos son “apropiados” para los menores en las plataformas. Eso significa que funcionarios electos —con mandatos políticos propios— quedan habilitados para presionar a las empresas tecnológicas sobre decisiones editoriales que afectan al discurso lícito en línea. La ley, en lugar de fortalecer el rol de las familias, lo desplaza hacia el Estado.
“KOSA y los otros proyectos que se votan esta semana empujan a los servicios en línea a adoptar sistemas que exigen a las personas identificarse antes de poder hablar, leer o participar en internet.”
— Electronic Frontier Foundation, análisis legislativo, agosto de 2026
El proyecto se presenta en un paquete legislativo más amplio que incluye el SCREEN Act, el CHATBOT Act y la Youth AI Privacy Act. Cada uno de estos instrumentos apunta a regular distintos aspectos del uso infantil de tecnología, pero comparten una lógica común: ampliar el flujo de datos personales que las plataformas deben recopilar para cumplir con obligaciones de identificación etaria. La suma de estas leyes configura un ecosistema regulatorio que, paradójicamente, incrementa la exposición de los datos de los propios menores que busca proteger.
El espejo latinoamericano
El dilema que plantea KOSA no es exclusivo del debate legislativo estadounidense. En Brasil, la Lei 14.811/2024 introdujo obligaciones para plataformas digitales respecto al uso de algoritmos con menores, y la ANPD ha comenzado a pronunciarse sobre cómo aplicar los principios de la LGPD en contextos de usuarios infantiles. En Argentina, la Ley 25.326 no contempla mecanismos específicos de verificación de edad, aunque la AAIP ha impulsado lineamientos sobre tratamiento de datos de niños, niñas y adolescentes. Colombia y Chile también tienen en desarrollo o discusión marcos sectoriales que podrían incorporar este tipo de obligaciones.
El riesgo que expone el caso KOSA es relevante para todos esos procesos: cualquier regulación que obligue a las plataformas a verificar la edad de sus usuarios sin establecer garantías técnicas y legales robustas —minimización de datos, propósito limitado, prohibición de reutilización— puede convertirse en un mecanismo de vigilancia masiva disfrazado de política pública de infancia. La verificación de edad sin privacidad by design no protege a los menores; los expone junto al resto de la población.
Protección real versus recolección expandida
Existen alternativas técnicas y legales que permiten moderar el acceso de menores a contenidos sin exigir la identificación universal de todos los usuarios. Controles parentales robustos a nivel de sistema operativo o dispositivo, estándares de diseño que limiten patrones adictivos por defecto, y auditorías algorítmicas con supervisión independiente son herramientas que no requieren construir bases de datos de identidad. La EFF plantea que el Congreso estadounidense podría haber optado por ese camino, pero eligió uno que prioriza la arquitectura de control sobre la arquitectura de privacidad.
La pregunta que deberían hacerse los legisladores latinoamericanos que observan este debate es incómoda pero necesaria: ¿estamos construyendo regulaciones que protegen a los menores, o regulaciones que simplemente recolectan más datos sobre todos?









