Una iniciativa legislativa debatida en el Senado de los Estados Unidos promete proteger a los menores de edad de los riesgos de la inteligencia artificial, pero sus propios mecanismos de implementación podrían terminar exponiendo a ese mismo grupo a una mayor recolección de datos personales. La paradoja no es menor: al intentar regular quién merece protección, las plataformas se ven obligadas a identificar y clasificar a sus usuarios con mayor precisión que nunca.
El problema de proteger solo a algunos
La Youth AI Privacy Act, bajo consideración del Comité de Comercio del Senado estadounidense, establece obligaciones específicas para las empresas de inteligencia artificial cuando sus usuarios son menores de edad. En principio, el objetivo parece loable: limitar el uso de registros de conversaciones para entrenamiento de modelos, restringir la elaboración de perfiles y prohibir la transferencia de esos datos a terceros. Sin embargo, la lógica detrás del diseño normativo genera un efecto secundario que los especialistas en privacidad vienen advirtiendo desde hace años.
Para saber a qué usuarios aplicar las protecciones especiales, las plataformas necesitan saber quiénes son menores. Y para saberlo, necesitan implementar sistemas de verificación de edad, lo que implica recolectar más datos de todos los usuarios, no solo de los jóvenes. La Electronic Frontier Foundation (EFF), organización referente en derechos digitales, señaló que “una mejor alternativa sería extender las mismas protecciones de privacidad a todos los usuarios”, eliminando así la necesidad de clasificarlos por edad desde el inicio.
La verificación de edad como puerta de vigilancia
El nudo central del debate radica en que los sistemas de verificación de edad son, en esencia, sistemas de vigilancia. Cuando una plataforma implementa una barrera de acceso para cumplir con obligaciones diferenciadas según la edad del usuario, está construyendo infraestructura de identificación masiva. Esto resulta especialmente preocupante para el segmento que se busca proteger: según se informó, los menores ya son uno de los grupos más vulnerables frente al robo de datos y el fraude de identidad digital.
La propuesta también incluye una cláusula que permite a las empresas de IA recolectar datos personales de menores identificados con el fin de detectar y mitigar “daños a los usuarios”, sin que el texto precise con claridad qué se entiende por ese concepto. La ambigüedad de la disposición abre una ventana de interpretación amplia que podría justificar recolecciones de datos extensas bajo el paraguas de la seguridad.
Diseño seguro o restricción de derechos
Otro eje conflictivo de la norma es la obligación de implementar “características de diseño seguro” que limitarían funcionalidades como las notificaciones push para usuarios adolescentes. Esta categoría regulatoria, conocida en otros contextos como “age appropriate design code”, ya fue objeto de disputas judiciales en California y otros estados, donde los tribunales debatieron si estas restricciones de diseño constituyen, en realidad, una forma de regulación de la expresión en línea. La EFF sostiene que condicionar cómo una plataforma puede comunicarse con sus usuarios equivale a intervenir en el ejercicio de derechos constitucionales.
El espejo latinoamericano
El debate no es ajeno a América Latina. Brasil, con la Lei Geral de Proteção de Dados (LGPD), y Argentina, con la Ley 25.326 actualmente en proceso de modernización, enfrentan tensiones similares al intentar establecer categorías especiales de protección para niños y adolescentes. En México, la Ley Federal de Protección de Datos Personales en Posesión de los Particulares (LFPDPPP) no contempla de forma explícita regímenes diferenciados por edad en entornos de inteligencia artificial, una brecha que los reguladores de la región han comenzado a discutir con mayor urgencia. Colombia y Chile, cuyos marcos de protección de datos también están en revisión, deberán tomar decisiones similares: ¿proteger a todos por igual o crear categorías que, paradójicamente, requieren mayor vigilancia para ser operativas?
La experiencia estadounidense ofrece una advertencia temprana: las normas que fragmentan la privacidad por grupos demográficos tienden a generar más infraestructura de identificación, no menos. En un ecosistema donde los modelos de lenguaje y los asistentes de IA acumulan millones de interacciones diarias con usuarios de todas las edades, el diseño regulatorio importa tanto como la intención política detrás de él.
Una protección que debe ser universal
Los elementos positivos de la iniciativa —limitar el uso de conversaciones para entrenar modelos, restringir la elaboración de perfiles, prohibir la comercialización de datos con terceros— son precisamente los que los defensores de la privacidad reclaman para el conjunto de la población, no solo para los menores. Aislar esas garantías en un régimen etario no solo reduce su impacto: legitima implícitamente que los adultos pueden ser objeto de prácticas que se consideran inaceptables cuando afectan a los jóvenes.
Si la privacidad es un derecho, la pregunta que los legisladores de toda la región deberían hacerse es por qué ese derecho requiere cumplir años para ser exigible.




